Sinopsis:

Página multimedia virtual sobre la vida, obra y acontecimientos del universal poeta Miguel Hernández -que murió por servir una idea- con motivo del I Centenario de su nacimiento (1910-2010). Administrada por Ramón Fernández Palmeral. ALICANTE (España). Esta página no es responsable de los comentarios de sus colaboradores. Contacto: ramon.palmeral@gmail.com

jueves, 19 de marzo de 2015

Migue Hernández en la Prisión de Palencia

MIGUEL HERNÁNDEZ EN PALENCIA

El famoso preso de la celda 23

01.11.10 - 01:19 -


El sábado se conmemoró el primer centenario del nacimiento de Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942). Dos años antes, pasó por la cárcel de Palencia. El poeta pisó por vez primera suelo palentino el día 23 de septiembre de 1940. En la cárcel de Palencia permaneció durante dos meses cumpliendo una pequeñísima parte de la condena a treinta años de prisión que un juzgado militar le había impuesto por su participación en el bando republicano durante la guerra civil. Y fue en Palencia donde cumplió los treinta años de edad, su penúltimo cumpleaños.
   La cárcel de Palencia fue un eslabón en la cadena de presidios que el poeta oriolano conoció tras la guerra civil. Temeroso de la represión franquista, Miguel Hernández huyó a Portugal con la intención de llegar hasta Lisboa para solicitar asilo político en la embajada chilena. Pero nada más cruzar la frontera por Rosal de la Frontera, fue capturado por la policía portuguesa y entregado a las autoridades franquistas. Fue aquí donde comenzó el final trágico del poeta. Rosal de la Frontera, Huelva, Sevilla, Orihuela, Madrid, Palencia, Ocaña y Alicante fueron las ciudades y prisiones por las que Miguel Hernández fue arrastrando su pena y dejando su salud.
   El traslado de Miguel Hernández a la antigua Prisión Provincial de Palencia se produjo entre la noche y la mañana de los días 22 y 23 de septiembre de 1940 en vagones de mercancías, en un penoso viaje que duró más de dieciséis horas.
   En este destino a una ciudad tan distante de su tierra natal, algún biógrafo del poeta ha querido encontrar una falsa justificación atribuyendo el traslado a una equivocación del funcionario que tramitó el mismo y que presumiblemente cambió el nombre de Palencia por Valencia, ciudad esta última mucho más cercana a su tierra natal y a su familia.
   El poeta fue enviado a la capital palentina junto con otros 244 presos, entre los cuales, al igual que el propio Miguel, también había muchos condenados a penas de treinta años de prisión. Una parte de aquellos reclusos fueron ingresados en el antiguo manicomio, habilitado como prisión provisional, mientras que el resto, entre ellos Miguel Hernández, fueron internados en la Prisión Provincial de la avenida de Valladolid.
    La llegada al nuevo destino carcelario coincidió con la celebración de la fiesta de la Merced. Las guirnaldas, cadenetas y demás elementos ornamentales de la prisión de Palencia infundieron una falsa imagen a los recién llegados. Era una cárcel celular concebida para una población reclusa inferior a cien presos. Pero con la llegada de esta expedición, el número de reclusos sobrepasó el millar. El hacinamiento era total y Miguel Hernández, que fue destinado a la celda número 23, tuvo que compartir su reducido espacio de seis metros cuadrados con otros nueve reclusos.
   A las duras normas carcelarias se sumaron el frío y la pésima alimentación. Miguel Hernández comenzó a sentirse solo y necesitó buscar refugio en algunos de sus compañeros de presidio. En Palencia, a diferencia con Madrid, no tenía amigos que le visitasen en la cárcel o que le llevasen comida. Su consuelo estuvo en la tarjeta postal que cada semana podía escribir a su familia y en la espera de poder recibir noticias de su mujer.
    Durante los dos meses que Miguel Hernández estuvo preso en la cárcel palentina escribió a su mujer en nueve ocasiones. Del contenido de las cartas del poeta se entreven algunos aspectos sobre cómo fue su estancia en Palencia. El régimen disciplinario de la cárcel le impidió escribir a su esposa unas cartas tan extensas como las que le enviaba cuando estaba preso en Madrid, y Miguel Hernández tuvo que aprovechar al máximo el reducido espacio de esas tarjetas postales.
En la relación epistolar mantenida desde Palencia, Miguel Hernández y su esposa se mintieron mutuamente para eludir sufrimientos y preocupaciones, pero los dos sabían que la realidad era otra muy distinta. En el análisis del contenido de esta correspondencia se ven los encubrimientos consoladores a los que recurre el poeta. En un intento de evitar sufrimientos a su esposa, Miguel Hernández pocas veces le contó la verdad. Casi siempre intentaba convencerla de que su situación era buena, pero la realidad era todo lo contraria. Un claro ejemplo de esos engaños a su esposa es que cuando fue trasladado a Palencia, aún no le había comunicado que estaba condenado a treinta años de cárcel, ni tan siquiera antes le había dicho que había estado condenado a la pena de muerte.
    Las tres primeras semanas de estancia en la cárcel de Palencia fueron muy angustiosas para el poeta por la falta de noticias de los suyos. Los días de las semanas transcurrieron esperando ansiosamente noticias de su esposa. La melancolía por la ausencia de sus seres queridos intentó ser mitigada mediante la contemplación de una fotografía de su hijo, «a la que doy mi repaso diario», según le decía a su mujer en la tarjeta escrita el 14 de noviembre.
    A su estado de preocupación por el alejamiento de sus seres más queridos, Miguel Hernández tuvo que enfrentarse a otros dos serios problemas en la prisión palentina: el frío y el hambre.
La alimentación de los reclusos en la cárcel de Palencia fue pésima. Miguel Hernández palió aquella situación comprando alguna vez alimentos en el economato de la prisión, gracias a la ayuda económica que ocasionalmente recibió de sus padres. En otras ocasiones, fue la solidaridad de los propios reclusos, sobre todo los que tenían familia en Palencia y les llevaban alimentos a la cárcel, los que contribuyeron a mitigar el hambre del poeta. 
    El otoño de 1940 fue extremadamente frío en Palencia. Miguel Hernández esperó ansiosamente la ropa de abrigo que había pedido a su esposa. Una cazadora, unos pantalones, ropa interior y unas botas, porque las alpargatas que calzaba no impedían que se le congelasen los pies. En una de sus tarjetas, Miguel Hernández describió a su esposa cómo era aquel gélido otoño palentino: «Hace frío de verdad aquí. Al que le da por reírse, le queda cuajada la risa en la boca, y al que le da por llorar, le queda el llanto hecho hielo en los ojos».
    Convencido de que en su nuevo destino carcelario debía pasar una larga estancia, Miguel Hernández intentó convencer a su mujer para que se trasladase a vivir a Palencia, donde, según le decía, «no falta el pan y podrás trabajar como modista (…), y el frío, acostumbrándose a él, es saludable, y nuestro hijo se criará más fuerte, porque esto es muy sano».
     Durante su estancia en Palencia, la producción poética de Miguel Hernández fue prácticamente nula. En alguna ocasión, encargó comprar tinta y papel a la familia de un compañero de presidio. Solo quedan los recuerdos de algunos compañeros de cárcel que en su día poseyeron algún poema escrito y dedicado por Miguel Hernández y que el tiempo y el exilio hicieron desaparecer.
    Dos meses después de su llegada a Palencia, en la madrugada del día 24 de noviembre, Miguel Hernández fue entregado, a las dos de la madrugada, a una pareja de guardias civiles cuya misión era la de custodiar al poeta hasta su nuevo destino en la prisión de Ocaña. Atrás dejaba la ciudad de las mantas y el frío tan intenso que, presumiblemente, pudo llegar a afectarle gravemente.
     El deterioro de la salud del poeta durante su estancia en Palencia ha supuesto todo tipo de conjeturas. Han sido varios los biógrafos que, sin testimonio alguno, han afirmado con total seguridad que Miguel Hernández enfermó de neumonía en esta cárcel. El frío extremo de aquel otoño palentino, el hambre o las malas condiciones de higiene de la prisión fueron circunstancias en las que cualquier recluso podía contraer todo tipo de enfermedades. Pero ninguno de los compañeros de Miguel Hernández en la cárcel palentina recordaba que aquí enfermase o que se le llegase a prestar atención en la enfermería de la prisión.